Editorial Marzo 2017

¡Ese Cáncer!

Subió el jovencito al coche, se acomodó en el lugar delantero y nervioso su papá se sentó al volante y dio vuelta a la llave de encendido sin respuesta alguna. El adulto molesto, se movió para bajarse diciendo: “ahorita pido una recarga o un acumulador nuevo. Puedes irte caminando a tu escuela”.

Cuando el acumulador se queda sin corriente, no hay arranque del carro y menos luces externas o internas, movimiento en los vidrios, en las portezuelas, ni de limpiadores. El electromagnetismo del vehículo es elemental.

Pensemos que el acumulador de nuestro organismo sea el hígado, que cuando no funciona nos impide la circulación correcta, y sin ella se dificulta la marcha, el movimiento de brazos y manos, las emociones y el pensamiento.

Sin las energías que genera el hígado como acumulador de todo nuestro organismo, la reproducción celular es defectuosa. La eliminación de desechos se dificulta y éstos se acumulan en forma de quistes, tumores o cálculos en los órganos de menos actividad sanguínea. Es cáncer patológicamente.

El acumulador, para cargarse de corriente, contendrá las placas y los líquidos correctos que se le ponen en el taller. Nuestro cuerpo necesita una correcta respiración y adecuada alimentación. El aire que inhalamos debe ser, en lo posible puro y la alimentación debe contener el electromagnetismo necesario para evitar que la fisiología del cuerpo se vuelva imperfecta.

Lo que debemos comer, entonces, debe estar “vivo” para recargar nuestro cuerpo con la energía natural. Si nos alimentamos de productos industriales, de cadáveres conservados en el congelador, de envasados y golosinas, degradamos el nivel equilibrado del cuerpo viviente, que empezará a morir por etapas sin que medicina alguna lo pueda salvar.

Hay que cambiar el menú y alimentarnos de lo “vivo y potable”.

Repetimos, el cáncer no es una enfermedad. Es simplemente un error alimenticio.

La canceración resulta como consecuencia de la industrialización y de la desaparición de la comida hogareña. Sin educación alimenticia adecuada, de nada sirven los tratamientos anticancerosos, las salas especializadas, los hospitales avocados al cáncer o la quimioterapia. Rectifiquemos el menú de las casas y de la oficina y asunto concluido.

No hay necesidad de designar un día para el cáncer y darle color rosado; es mejor enseñar a los niños a no consumir “chatarras” y golosinas, y que las madres embarazadas hagan conciencia de que el producto que están gestando debe formarse con comida “viva” y no volúmenes de alimentos carentes de fuerza vital. Es en los hogares mexicanos donde debe empezar la lucha contra el cáncer y aparte de evitar las inversiones superfluas, ganaremos generaciones sanas y dirigidas a la paz social.

Los problemas socioeconómicos de hoy empiezan en nuestra mesa.

Por: Manlio F. Tapia Camacho